«¿Por qué cada vez hay más cocodrilos en Puerto Vallarta? Especialista explica la verdadera causa» La presencia cada vez más frecuente de cocodrilos en playas, esteros e incluso zonas urbanas de Puerto Vallarta y Bahía de Banderas no responde a que los reptiles se hayan vuelto más agresivos o hayan modificado su conducta, sino a la pérdida de su hábitat natural y al avance de la urbanización sobre los espacios donde históricamente han vivido. Así lo explicó Lesly Solís, bióloga de SOS Cocodrilo Nayarit, quien señaló que la disminución de áreas disponibles obliga a los ejemplares a desplazarse en busca de alimento, refugio y nuevos territorios. «No está cambiando el comportamiento de los animales. Al tener una menor cantidad de espacio es un comportamiento natural que ellos salgan a buscar nuevos lugares para poder subsistir». La especialista indicó que durante la temporada de lluvias es habitual observar un mayor número de cocodrilos en el océano, debido a que las descargas de agua dulce provenientes de los ríos modifican temporalmente la salinidad de la superficie del mar, permitiéndoles permanecer ahí por más tiempo. Explicó que estos desplazamientos ocurren principalmente durante la tarde y la noche, cuando la especie registra mayor actividad, además de que los ejemplares suelen salir al mar para alimentarse, incluso de tortugas marinas. Las zonas donde con mayor frecuencia se reporta la presencia de cocodrilos corresponden a la desembocadura del río Ameca, el estero Boca Negra y Boca de Tomates, sitios que forman parte de su distribución natural. Para Solís, el verdadero cambio no está en los reptiles, sino en la dinámica humana. «Lo que está cambiando es la cantidad de espacio que les queda, la cantidad de personas que ingresan a estos hábitats y la forma en que convivimos con ellos». Advirtió, sin embargo, que existe una práctica que sí puede modificar el comportamiento de los animales: alimentarlos de manera intencional. En Boca de Tomates, dijo, algunas personas acostumbran dar comida a los cocodrilos, situación que favorece que los ejemplares asocien la presencia humana con alimento y aumenten el riesgo de encuentros. «Lo que hay que erradicar son esos comportamientos humanos, no pensar en eliminar al ejemplar o decir que el animal cambió su conducta». Por ello, hizo un llamado a las autoridades para reforzar la vigilancia, impedir que continúe esta práctica y mantener campañas permanentes de prevención e información dirigidas tanto a habitantes como a visitantes. También consideró indispensable involucrar al sector turístico, ya que el crecimiento de hoteles y desarrollos inmobiliarios cerca de esteros y manglares incrementa la interacción entre personas y cocodrilos. «La corresponsabilidad debe ser de autoridades y particulares. El crecimiento urbano y turístico también obliga a fortalecer las medidas preventivas y la difusión para reducir riesgos», concluyó.La presencia cada vez más frecuente de cocodrilos en playas, esteros e incluso zonas urbanas de Puerto Vallarta y Bahía de Banderas no responde a que los reptiles se hayan vuelto más agresivos o hayan modificado su conducta, sino a la pérdida de su hábitat natural y al avance de la urbanización sobre los espacios donde históricamente han vivido. Así lo explicó Lesly Solís, bióloga de SOS Cocodrilo Nayarit, quien señaló que la disminución de áreas disponibles obliga a los ejemplares a desplazarse en busca de alimento, refugio y nuevos territorios. «No está cambiando el comportamiento de los animales. Al tener una menor cantidad de espacio es un comportamiento natural que ellos salgan a buscar nuevos lugares para poder subsistir». La especialista indicó que durante la temporada de lluvias es habitual observar un mayor número de cocodrilos en el océano, debido a que las descargas de agua dulce provenientes de los ríos modifican temporalmente la salinidad de la superficie del mar, permitiéndoles permanecer ahí por más tiempo. Explicó que estos desplazamientos ocurren principalmente durante la tarde y la noche, cuando la especie registra mayor actividad, además de que los ejemplares suelen salir al mar para alimentarse, incluso de tortugas marinas. Las zonas donde con mayor frecuencia se reporta la presencia de cocodrilos corresponden a la desembocadura del río Ameca, el estero Boca Negra y Boca de Tomates, sitios que forman parte de su distribución natural. Para Solís, el verdadero cambio no está en los reptiles, sino en la dinámica humana. «Lo que está cambiando es la cantidad de espacio que les queda, la cantidad de personas que ingresan a estos hábitats y la forma en que convivimos con ellos». Advirtió, sin embargo, que existe una práctica que sí puede modificar el comportamiento de los animales: alimentarlos de manera intencional. En Boca de Tomates, dijo, algunas personas acostumbran dar comida a los cocodrilos, situación que favorece que los ejemplares asocien la presencia humana con alimento y aumenten el riesgo de encuentros. «Lo que hay que erradicar son esos comportamientos humanos, no pensar en eliminar al ejemplar o decir que el animal cambió su conducta». Por ello, hizo un llamado a las autoridades para reforzar la vigilancia, impedir que continúe esta práctica y mantener campañas permanentes de prevención e información dirigidas tanto a habitantes como a visitantes. También consideró indispensable involucrar al sector turístico, ya que el crecimiento de hoteles y desarrollos inmobiliarios cerca de esteros y manglares incrementa la interacción entre personas y cocodrilos. «La corresponsabilidad debe ser de autoridades y particulares. El crecimiento urbano y turístico también obliga a fortalecer las medidas preventivas y la difusión para reducir riesgos», concluyó
La presencia cada vez más frecuente de cocodrilos en playas, esteros e incluso zonas urbanas de Puerto Vallarta y Bahía de Banderas no responde a que los reptiles se hayan vuelto más agresivos o hayan modificado su conducta, sino a la pérdida de su hábitat natural y al avance de la urbanización sobre los espacios donde históricamente han vivido.
Así lo explicó Lesly Solís, bióloga de SOS Cocodrilo Nayarit, quien señaló que la disminución de áreas disponibles obliga a los ejemplares a desplazarse en busca de alimento, refugio y nuevos territorios.
«No está cambiando el comportamiento de los animales. Al tener una menor cantidad de espacio es un comportamiento natural que ellos salgan a buscar nuevos lugares para poder subsistir».
La especialista indicó que durante la temporada de lluvias es habitual observar un mayor número de cocodrilos en el océano, debido a que las descargas de agua dulce provenientes de los ríos modifican temporalmente la salinidad de la superficie del mar, permitiéndoles permanecer ahí por más tiempo.
Explicó que estos desplazamientos ocurren principalmente durante la tarde y la noche, cuando la especie registra mayor actividad, además de que los ejemplares suelen salir al mar para alimentarse, incluso de tortugas marinas.
Las zonas donde con mayor frecuencia se reporta la presencia de cocodrilos corresponden a la desembocadura del río Ameca, el estero Boca Negra y Boca de Tomates, sitios que forman parte de su distribución natural.
Para Solís, el verdadero cambio no está en los reptiles, sino en la dinámica humana.
«Lo que está cambiando es la cantidad de espacio que les queda, la cantidad de personas que ingresan a estos hábitats y la forma en que convivimos con ellos».
Advirtió, sin embargo, que existe una práctica que sí puede modificar el comportamiento de los animales: alimentarlos de manera intencional.
En Boca de Tomates, dijo, algunas personas acostumbran dar comida a los cocodrilos, situación que favorece que los ejemplares asocien la presencia humana con alimento y aumenten el riesgo de encuentros.
«Lo que hay que erradicar son esos comportamientos humanos, no pensar en eliminar al ejemplar o decir que el animal cambió su conducta».
Por ello, hizo un llamado a las autoridades para reforzar la vigilancia, impedir que continúe esta práctica y mantener campañas permanentes de prevención e información dirigidas tanto a habitantes como a visitantes.
También consideró indispensable involucrar al sector turístico, ya que el crecimiento de hoteles y desarrollos inmobiliarios cerca de esteros y manglares incrementa la interacción entre personas y cocodrilos.
«La corresponsabilidad debe ser de autoridades y particulares. El crecimiento urbano y turístico también obliga a fortalecer las medidas preventivas y la difusión para reducir riesgos», concluyó.La presencia cada vez más frecuente de cocodrilos en playas, esteros e incluso zonas urbanas de Puerto Vallarta y Bahía de Banderas no responde a que los reptiles se hayan vuelto más agresivos o hayan modificado su conducta, sino a la pérdida de su hábitat natural y al avance de la urbanización sobre los espacios donde históricamente han vivido.
Así lo explicó Lesly Solís, bióloga de SOS Cocodrilo Nayarit, quien señaló que la disminución de áreas disponibles obliga a los ejemplares a desplazarse en busca de alimento, refugio y nuevos territorios.
«No está cambiando el comportamiento de los animales. Al tener una menor cantidad de espacio es un comportamiento natural que ellos salgan a buscar nuevos lugares para poder subsistir».
La especialista indicó que durante la temporada de lluvias es habitual observar un mayor número de cocodrilos en el océano, debido a que las descargas de agua dulce provenientes de los ríos modifican temporalmente la salinidad de la superficie del mar, permitiéndoles permanecer ahí por más tiempo.
Explicó que estos desplazamientos ocurren principalmente durante la tarde y la noche, cuando la especie registra mayor actividad, además de que los ejemplares suelen salir al mar para alimentarse, incluso de tortugas marinas.
Las zonas donde con mayor frecuencia se reporta la presencia de cocodrilos corresponden a la desembocadura del río Ameca, el estero Boca Negra y Boca de Tomates, sitios que forman parte de su distribución natural.
Para Solís, el verdadero cambio no está en los reptiles, sino en la dinámica humana.
«Lo que está cambiando es la cantidad de espacio que les queda, la cantidad de personas que ingresan a estos hábitats y la forma en que convivimos con ellos».
Advirtió, sin embargo, que existe una práctica que sí puede modificar el comportamiento de los animales: alimentarlos de manera intencional.
En Boca de Tomates, dijo, algunas personas acostumbran dar comida a los cocodrilos, situación que favorece que los ejemplares asocien la presencia humana con alimento y aumenten el riesgo de encuentros.
«Lo que hay que erradicar son esos comportamientos humanos, no pensar en eliminar al ejemplar o decir que el animal cambió su conducta».
Por ello, hizo un llamado a las autoridades para reforzar la vigilancia, impedir que continúe esta práctica y mantener campañas permanentes de prevención e información dirigidas tanto a habitantes como a visitantes.
También consideró indispensable involucrar al sector turístico, ya que el crecimiento de hoteles y desarrollos inmobiliarios cerca de esteros y manglares incrementa la interacción entre personas y cocodrilos.
«La corresponsabilidad debe ser de autoridades y particulares. El crecimiento urbano y turístico también obliga a fortalecer las medidas preventivas y la difusión para reducir riesgos», concluyó.
